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    III Congreso Eucarístico Diocesano «Señor mi vida está en tus manos» PDF Imprimir E-mail
    Escrito por Mons. Carlos Garfias M., Obispo de Nezahualcóyotl   
    Lunes, 28 de Junio de 2010 17:30

    Mons. Carlos Garfias Merlos, Adminsitrador Apostólico de la Diócesis de Nezahualcoyotl y Arzobispo Electo de Acapulco Clausura del III Congreso Eucarístico Diocesano y pide al Dios de toda esperanza manternos unidos en la fe por la caridad para construir la Iglesia Comunión. Además, Consagra a los sacerdotes de Nezahualcóyotl al Corazón Inmaculado de María.

     

    Queridos hermanos y hermanas laicos
    Estimados seminaristas
    Amados hermanos sacerdotes:

    Me llena de esperanza que en ésta eucaristía podamos juntos agradecer al Señor Resucitado la riqueza con la que nos ha bendecido en este año dedicado al sacerdocio ministerial, que mejor formar de alzar nuestra alabanza, que con él mismo Jesús eucaristía, por medio de quien presentamos a nuestro amado Padre nuestro compromiso de renovación, de servicio y dedicación fiel y veraz a Cristo y a la Iglesia como discípulos y misioneros de Jesucristo.

    Desde Dios que nos continua regalando su amor, saludo con afecto a todos los que participan en esta solemne liturgia: a todos mis sacerdotes, a los religiosos  y religiosas, a los seminaristas, a todas las familias, a los esposos y esposas, en particular a los jóvenes y adolescentes, que hoy día, tienen la posibilidad de encontrar vida en Jesús eucaristía don de Dios, a los niños y a todos los miembros de la familia católica presentes aquí, a todos les saludo: que “el Dios de la vida y su Espíritu de amor, manifestado en Jesucristo eucaristía, este con todos ustedes”.
    Sí, como olvidar aquel momento histórico en el que Jesús, «Tomó pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Éste es mi cuerpo que se entrega por ustedes» y «Ésta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por ustedes» (Mc 14, 23-24). La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre del Señor Resucitado que se continúa entregando para que nosotros tengamos vida, vida plena, vida en abundancia, vida en todos los ámbitos donde nos movamos y seamos. Sí, el pan convertido en el Cuerpo del Señor ha hecho posible que «Como este pedazo de pan, antes de ser pan estuviese disperso sobre los campos y reunidos se hizo uno, así fue reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino» (Didache, 9,4). Este es el primer don que hoy nos regala la Eucaristía, que la vida no la vivamos en soledad y en individualidad, sino en compañía, en solidaridad, en relación fraterna, en intercambio de vida, en comunión eclesial, signo auténtico de nuestra adhesión como discípulos a Jesucristo el Señor. Doy gracias a Dios, hago eucaristía por la unidad de nuestra  Iglesia de Netzahualcóyotl que hoy se manifiesta y expresa a través de este memorial, pido a Dios que nuestras diferencias en gustos, en formas de pensar, en manera de enfrentar las diversas situaciones o conflictos, nos permitan darle un significado diferente a las situaciones de vida que enfrentamos.
    Pues las cosas por sí mismas valen bien poco. Sólo el hombre puede llenarlas de espíritu. Puede bordar en ella los más hermosos pensamientos y los más delicados sentimientos. Entonces las cosas se personifican, se convierten en signo y sacramento, en memorial y anuncio. Así las cosas adquieren un valor nuevo. Sí: las cosas pueden recordar al amigo: sus palabras y sus gestos, su figura y su presencia. Incluso podemos cambiar el fin y el signo de las cosas. Con ellas podemos regalar, ofrecer, compartir y amar. Entonces las cosas pueden tener más valor por el recuerdo, la amistad y la ofrenda que por la materialidad en sí misma.
    Es así el pan que Cristo bendice y nos ofrece. Ese pan queda transfigurado. En adelante será sacramento de Cristo: de su presencia y de su amor. No vale tanto como alimento, cuanto como recuerdo y presencia de Cristo. No es tanto para comer, cuanto para acercar, unir y revivir. Ya no es pan, es Cristo-Pan.
    Elevo mi plegaria a nuestro Buen Dios a través de Cristo-Pan, para que al compartir este momento de fe, reavivemos en nosotros la certeza de que Jesús, el Señor, nuestro Salvador se encuentra con nosotros, «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,16) para seguirnos mostrando a Dios su Padre, nuestro Padre, que nos ama incondicionalmente, y protege a nuestra familias con su amor y su providencia, y nos continúe enseñando a realizar la voluntad de Dios con nuestros hechos y palabras.
    Señor mi vida está en tus manos

    «Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio. Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor.» La experiencia del salmista es la experiencia de la persona que creyente, de aquel que hace vida la alianza de Dios: «tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios», y no hay duda de ello, «tu eres mi refugio», «tu eres mi Señor», por eso comprendo que mi vida está en tus manos, lo que me proporciona capacidad de acción libre y consciente, seguridad  y confianza que todo lo puedo en aquel que me conforta. Este es el ideal de Cristo, que todos sepamos que Dios es Padre amoroso en quien podemos confiar, de quien nos podemos fiar, aquel que no nos traicionará, sino antes bien, nos defenderá.

    Hoy somos testigos, que en nuestros días no es fácil vivir como cristianos, quizás no existan persecuciones por causa de nuestra religión, no nos encañonen ni tampoco nos martiricen por causa de nuestra fe, pero lo que si experimentamos como cristianos es el enfriamiento y muchas veces la pérdida del sentido de nuestra vida cristiana.
    El mundo de la globalización y su manifestación cultural en la postmodernidad conoce el progreso científico y tecnológico, y que bueno que el hombre desarrolle su parte creativa, sin embargo, también nos ofrece vivir de acuerdo a criterios alternativos que difieren a los de Cristo. Esta cultura nos propone poder vivir cada uno en su individualidad y de acuerdo al criterio que a cada quien le parezca mejor aplicar en su vida. La propuesta es la construcción de una identidad que no tenga que ver con Dios, y si la tiene debe hacerse un dios a la medida del individuo. Esto significa, que el hombre contemporáneo, fascinado por sus logros creadores, tiende, de hecho, a identificarse y establecerse como único dueño de su propio destino.
    Podemos observar como la sociedad postmoderna, nos impulsa y anima a la construcción de realidad temporales sin fundamentación en la vida de Dios. Somos testigos como tantos hermanos y hermanas nuestros, marcan sus vidas y su identidad de seres humanos por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un  secularismo cerrado a la trascendencia. Aún más, podemos comprobar cómo hoy día fluyen las propuestas alternativas, desde los cambios en los roles sexuales sin que nadie tenga porque oponerse, la negación de la vida a los niños que se encuentran en el vientre materno, la propuesta a los enfermos de poner fin a su sufrimiento mediante la muerte. La droga y el alcoholismo como medios de apaciguar el sufrimiento interno. En muchos casos, el suicidio como medio de solución para poner fin al conflicto de la propia vida. En pocas palabras, la sociedad postmoderna construye una clase de hombres individualistas, hombres que se encierran en sí mismos, creándose sujetos egocéntricos, incapaces de amar y comprometerse de una forma sostenible y duradera. Y desde este modelo de hombre, no se puede construir un ser humano pleno o lleno de vida integral, que pueda confiar en Dios y expresarle que la propia vida está en sus manos.
    Pues, actuar la vida de esta manera, es vivir sin reconocer a Dios, y ello es matar a Dios. La muerte de Dios en nuestra sociedad lleva consigo inevitablemente la muerte del hombre, lo que se constata en las formas de pensamiento pesimistas de nuestra época, en la relaciones de conflicto y en los fenómenos de ruptura que se multiplican a todos los niveles de la experiencia humana, base de estos conflictos y rupturas son nuestras familias, el distanciamiento entre los diversos miembros de la sociedad, y aun más, la distancia abismal entre unos pocos ricos y la inmensa mayoría de pobres de nuestra sociedad, la emigración, la tortura, la violencia extrema, en una palabra la “soledad” que se vive en la cotidianidad muy a pesar de los grandes avances en materia de comunicación, hoy tenemos que comprar la compañía y la posibilidad de comunicación. Lo anterior dista mucho de la experiencia de fe y confianza del salmista que es capaz de expresar con fe profunda: «mi vida está en tus manos».

    ¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?»
    Y los padres Jesús no entendían su respuesta que les ofreció en su momento, como tampoco nosotros entendemos la búsqueda tan extraña de trascendencia en la materialidad y el abandono de nuestro Dios. Viene  a mi mente la pregunta que Jesús hace a sus discípulos en el discurso eucarístico de san Juan, ¿ustedes también quiere abandonarme? La respuesta de Pedro tan llena de conciencia y de vida: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). En donde podemos encontrar la trascendencia y la seguridad de nuestras vidas sino es en la cercanía y el amor que él mismo Jesús nos muestra Dios nuestro Padre.


    Sí, Nuestro Padre Dios sabía que teníamos necesidad de su cercanía, que teníamos necesidad de que Jesús nuestro Dios, se pusiera en nuestras manos, nos amará y nos ordenará: «Tomen y coman esto mi cuerpo» - «Tomen  y beban esta es mi sangre» (Mc 14,22.24), pues su cercanía construye en nosotros vida, seguridad, confianza y aceptación, construye en nosotros comunión profunda.
    Cristo Resucitado está realmente presente entre nosotros por medio de la eucaristía. Para todos aquellos que lo hayamos perdido de vista, tenemos que retornar a la Eucaristía, allí está Él y su presencia es presencia dinámica, que se aferra para hacernos suyos, para asimilarnos a Él. Cristo nos atrae hacia sí, nos hace salir de nosotros mismos, para hacer de todos nosotros uno con él.
    De este modo, nos inserta también en la comunidad de los hermanos. Pues la comunión con el Señor es siempre comunión con las hermanas y los hermanos. De modo que, a Jesús solo podemos encontrarlo cuando salimos de nuestro aislamiento egocéntrico, y junto con todos los demás hermanos, vamos a su encuentro. Por eso, esta comunión implica retornar como María y José a buscarlo, nosotros en la adoración, ello implica la voluntad de seguir a Cristo, de convertirnos en discípulos y misioneros de Aquel que va delante de nosotros, creando vida.
    La consecuencia es clara, dedicarnos a las cosas de nuestro Padre es comulgar con el Señor Jesús, y no podemos comulgar con el Señor, si no comulgamos entre nosotros. Si queremos presentarnos ante él, también tenemos que ponernos en camino para ir al encuentro unos de otros. Por eso, es necesario aprender junto a Jesús eucaristía las grandes lecciones de vida: “el perdón que se aprende cuando no dejamos que se insinúe en nuestro corazón la polilla del resentimiento” y “la apertura del corazón cuando con disponibilidad nos abrimos a la escucha del otro, a la comprensión, a la aceptación de las disculpas y al generoso ofrecimiento de las propias cuando en humildad cada cual reconoce su error”.
    Desde esta perspectiva, Jesús Eucaristía nos convoca a todos los cristianos a participar en corresponsabilidad solidaria en la restauración continua de la condición humana  y de la situación de nuestra sociedad, y si no lo vivimos, somos llamados enérgicamente a realizar una seria conversión para poder vivir el llamado del “Evangelio”: “Deja allí mismo tu ofrenda ante el altar, y vete antes a hacer las paces con tu hermano, después vuelve y presenta tu ofrenda” (Mt 5,24).
    Pues, todos los que participamos de la eucaristía, recibimos la invitación y acogemos el compromiso de construir solidariamente la dignidad inalienable de la persona humana. Es su corazón eucarístico y su Espíritu que nos urge a tomar partido como Él, pacífica y eficientemente, por los pobres y por las víctimas inocentes, por los explotados y golpeados por la miseria. Nuestro común compromiso por la verdad puede y tiene que dar nueva esperanza a estos hermanos nuestros que viven bajo el umbral de la pobreza. Pues el mal no tiene la última palabra, porque quien vence es Cristo crucificado y resucitado, y su triunfo se manifiesta con la fuerza misericordiosa de su amor presente en la eucaristía, para todo nosotros tengamos vida, para que nuestra diócesis, México y el mundo tengan vida.
    Que María la mujer eucaristía nos acompañe, nos anime e interceda por nosotros para que creyendo nos adhiramos a su Hijos y nos comprometamos en la construcción de nuestra vida y la vida de nuestros hermanos que están en sus manos. Dios nos permita siempre elevar está plegaria: Señor nuestras vidas como Iglesia Católica de Netzahualcóyotl está en tus manos. Dios te bendiga mi amada Iglesia de Nezahualcóyotl, bendiga a cada familia, a cada parroquia, a mi amado seminario con la abundancia de vocaciones y cada sacerdote le haga fiel discípulo y misionero.

    + Carlos Garfías Merlos
     Obispo de Nezahualcóyotl

    12 de junio de 2010

     

    Actualizado ( Lunes, 28 de Junio de 2010 18:09 )
     

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