| «El Señor es mi pastor, nada me faltará» |
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| Escrito por Mons. Carlos Garfias M., Obispo de Nezahualcóyotl | |
| Lunes, 28 de Junio de 2010 17:37 | |
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La mayoria de los sacerdotes de la Diócesis vacante de Nezahualcóyotl asistieron a felicitar al nuevo Arzobispo en la concelebración.
1. Saludo 2. « Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil…» (Ez) Digámoslo en palabra de Karl Rahner: «El sacerdote no es un ángel, es un hombre, un miembro de la santa Iglesia, un cristiano, lo mismo que vosotros. Como dice la Escritura, ha sido tomado de entre los hombres. Lo cual no es tan evidente al escucharlo; pues esto quiere decir que nosotros, los sacerdotes, somos hombres como vosotros, hombres pobres, oprimidos, débiles, pecadores….hombres de esta época precisa y no de otra…que no se diferencian de los demás, pobres, débiles, cansados, necesitados de la misericordia de Dios. A estos ha llamado Dios para que sean en vuestra comunidad servidores del altar…Cuando el obispo les impone las manos siguen siendo hombres y esta gracia que se le es conferida es la gracia de la flaqueza humana, la gracia en medio de la humana defectibilidad…» (Siervos de Cristo, 84). Dios nos ha llamado a salvar a los hombres y mujeres de nuestro mundo, y no hay salvación sin encarnación: «a pesar de su condición divina… se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos…» (Flp 2,5). Esta debilidad es condición para relacionarnos en profundidad con Dios, porque proporciona un ámbito donde se manifiesta su gracia, donde su presencia que nos sostiene puede revelarse, donde incluso su poder llegue a hacerse patente. La debilidad es el contexto y la condición de posibilidad para que el Señor se encarne en nosotros y nosotros seamos la epifanía del Señor. Pues aseguramos no ser nosotros sino Cristo mismo el que actúa. Pues siendo llamados a ser pastores antes hemos aprendido la debilidad de las ovejas. Pablo vio la historia de su propia vida como una letanía de contrariedades y sufrimientos, como momentos sucesivos de debilidad, pero transformada mediante el poder de Cristo que le sostenía: «…con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor 12,9-1). Ya lo ha mencionado nuestro amadísimo Padre, el siervo de Dios, Juan Pablo II en su exhortación Apostólica Pastores dabo vobis: El presbítero “debe acrecentar y profundizar aquella sensibilidad humana que le permite comprender las necesidades y acoger los ruegos, intuir las preguntas no expresadas, compartir las esperanzas y expectativas, las alegrías y los trabajos de la vida ordinaria; ser capaz de encontrar a todos y dialogar con todos. Sobre todo conociendo y compartiendo, es decir, haciendo propia la experiencia del dolor en sus múltiples manifestaciones, desde la indigencia a la enfermedad, de la marginación a la ignorancia, a la soledad, a las pobrezas materiales y morales, el sacerdote enriquece su propia humanidad y la hace más auténtica y transparente en un creciente y apasionado amor al hombre”. (PDV 72). “Del sacerdote, cada vez más maduro en su sensibilidad humana, ha de decir el Pueblo de Dios algo parecido a lo que de Jesús dice la carta a los Hebreos: ‘no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (PDV 72). Los exhorto a todos hermanos sacerdotes a vivir la propia debilidad, no como una justificación para seguir pecando y realizando lo que no es agradable a Dios, sino como la condición más propia para profundizar nuestro sacerdocio y nuestra relación con Dios, como una eucaristía encarnada. Recordemos siempre que somos ministros de la eucaristía; cada día hacemos presente el cuerpo y la sangre de Cristo, pero un cuerpo compartido y una sangre derramada; que conmemora la entrega de Jesús a su pasión y muerte, donde se pone de manifiesto la debilidad humana de Jesús, su pavor, su angustia, su dolor, su soledad en Getsemaní (Mc 14,32ss). Es la gran paradoja de este misterio, la fuerza de nuestro sacerdocio radica precisamente donde la debilidad se manifiesta con más radicalidad. 3. «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una… y va en busca de la que se le perdió…?... Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría… reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo…» Se dice que uno se hace sacramentalmente presbítero por la ordenación, pero solo la vida y el trabajo pastoral le va haciendo a cada cual existencialmente presbítero. Es decir, la integración de todas las dimensiones de la persona en torno a la vocación y a la misión es una tarea larga, progresiva en la que no faltan retrocesos y dificultades. La identidad como la madurez no son realidades estáticas, sino procesos dinámicos que comportan una continua tensión entre las características nucleares de la identidad y el contexto social en que se mueve la persona. Esto significa que ese núcleo personal se logra sólo a través de sucesivas síntesis realizadas a lo largo de la vida. Una de nuestra mayores dificultades en nuestra vida sacerdotal, es la incorporación a nuestro ser de principio culturales que contradicen en muchos de sus elementos la sensibilidad cristiana, hablemos del relativismo que justifica las propias acciones, o del subjetivismo como principio de decisión, o bien, de la vivencia del hedonismo sexual como principio de liberación vital. Aún más, muchos sacerdotes incorporan esos principios al propio ministerio, haciendo que la identidad sacerdotal se aleje mucho de ser humana y espiritualmente madura, cayendo en una destructiva difusión, que afecta la propia fidelidad. Pero quizá una de las cosas que más afecta la identidad sacerdotal es su falta de compromiso, existe una real dificultad para todo lo que implique vinculación o compromiso y que afecta evidentemente a los compromisos en el ministerio de consagración en la vida presbiteral. Comprometerse significa vincularse, entrar en relación y comunicación con personas, con ideas o proyectos determinados, algo que se contrapone, por consiguiente al aislamiento, la desunión, o el narcisismo. Poseer capacidad de comprometerse supone, pues, disponer de una aptitud para abrirse a la alteridad y superar el individualismo. Pero nuestra época está caracterizada precisamente por una especie de glorificación de la individualidad, hasta tal punto de que el valor supremo no es lo que nos supera sino lo que encontramos en nosotros mismos. Esto significa que vivimos una especie de dificultad para la apertura al otro, para la relación y en consecuencia para el vínculo y el compromiso. Es cierto, que el individualismo, en cuanto afirmación del individuo, de la persona humana por lo que ella es, ha supuesto una gran conquista de la humanidad, pero al mismo tiempo el mito de la autonomía personal conduce fácilmente a la concepción de la libertad como la liberación de cualquier tipo de influencia ajena, es decir como un estar desligado y desvinculado. Asistimos a una exaltación del individualismo, de su independencia y autonomía, lo cual hace evidente las dificultades para establecer una elección, una decisión personal que entrañe un compromiso fuerte que aspire a mantenerse con carácter definitivo. Se sobreentiende que los compromisos se mantendrán mientras nos sintamos cómodos en ellos, pero ni un momento más. Hoy se ha renunciado a renunciar. El compromiso es no comprometerse. Ello afecta la identidad del presbítero-Presbiterio, pues es cierto que la identidad surge del propio interior, pero también es cierto, que ella es reconocida desde el exterior. Y que en muchos momentos la falta de compromiso de nosotros pastores para salir en búsqueda de la oveja perdida ha dado como resultado la devaluación de nuestro ministerio. Es evidente la devaluación social de la función del sacerdote, y esto no sólo en la sociedad en general, sino en las mismas comunidades cristianas, tenemos que aceptarlo y tomar consciencia como un elemento urgente. Es igualmente patente cómo influye este fenómeno en nuestra identidad como sacerdotes, cuando sentimos el desfase entre la bella imagen teológica del presbítero y la pobre imagen sociológica que captamos en la sociedad, y a veces en nosotros mismos; no son simplemente diferentes, sino que en muchos rasgos, llegan a ser contrapuestas; aquella nos valoriza, esta nos puede abatir. Es un hecho, pues, que en nuestra sociedad la imagen social del presbítero se ha devaluado hasta niveles insospechados hace relativamente pocas décadas. Paralelamente padecemos un desajuste entre la oferta y la demanda de lo religioso. Es sin duda, una de las heridas que más hondo se clava en el corazón de nosotros pastores. Claro hablamos de alguien que posee aun sensibilidad. La oferta de la fe en el Dios de Jesucristo y su Buena Noticia que es el servicio central de nuestro ministerio, son hoy débilmente estimadas; lo que da sentido a nuestra propia vida, lo que creemos con convicción que es fuente de vida y felicidad para el hombre, es apenas apreciado y con frecuencia desvalorizado hasta considerarlo inútil y anacrónico. Todo ello puede socavar nuestra autoestima como presbíteros hiriendo la propia identidad, lo cual como he dicho varias veces, si no es debidamente ayudado puede generar estados anímicos como la tristeza y el escepticismo que provocan el desánimo, la apatía, la indiferencia y el desinterés por el ejercicio del ministerio, como lo hemos reflexionado en varios momentos en nuestros ejercicios espirituales. Es importante recuperar nuestra imagen de sacerdotes a imagen y semejanza de Jesús Buen Pastor. Que sale en búsqueda de la oveja perdida, que no cesa en su compromiso de buscar hasta encontrar, pues se sabe movido por el corazón que ama incesantemente, hasta el extremo de dar la vida por la oveja amada. Estoy convencido que solo este amor comprometido devolverá al ministerio sacerdotal su fuerza de ser testimonio del amor extraordinario de Dios por la persona humana. 4. Déjenlo todo Quiero ahora dirigirme a ustedes, queridos hijos seminaristas, Jesús les ha invitado a dejarlo todo, para ponerse en camino rumbo a la aventura de seguir más de cerca al Maestro. Recuerden que el seminario, es una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús. Por ello, vivir en el seminario, es vivir en la escuela del Evangelio, es vivir en el seguimiento de Cristo como apóstol, es dejarse educar por Él para llegar a ser imagen viva de Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia. Como Iglesia diocesana de Nezahualcóyotl demos gracias a Dios por este año sacerdotal que nos ha concedido, sigamos orando para que nos bendiga con abundancia de vocaciones a la vida sacerdotal y a la vida consagrada.
Arzobispo Electo de Acapulco.
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